"Qué envidia me das" iría repitiendo en mi cabeza cada vez que me encontrara con alguien a quien envidiar. En mi cabeza, porque de ahí no sale. No se me ocurre descubrirme, soy una envidiosa, pero no lo digo. Qué asco me dan los que sacan buenas notas, los que tienen dinero, las que son guapas, las que no suben de una 36. Qué envidia me dan, pero no se lo digo. No, porque seguro que eso les hace sentirse mejor, y que la gente se sienta bien también me da asco. No me considero mala persona, sólo les deseo lo peor. Pero es lo normal, ¿no? ¿Por qué ellos sí y yo no? ¿Por qué ellos pueden hablar de sexo con su familia y yo no? ¿Por qué ellos pueden comprarse unas Vans y yo no? ¿Por qué ellas pueden comer como cerdas y no engordar y yo sí?
En realidad ellas son las que peor me caen, las mujeres. Siempre tan perfectas, que por mucho que trate de superarme siempre me quedo por debajo. Porque ellas utilizan la 36, yo la 40; porque ellas pueden salir de casa sin maquillar, yo no; porque ellas pueden llevar tirantes sin preocuparse porque la molla del brazo les tambalee al mínimo movimiento, y yo no - porque ellas no tienen molla y yo sí -; porque se recogen el pelo con un moño mal hecho en lo más alto del capirote y están divinas, y yo no. Supongo que si fuera un hombre, serían ellos a quienes no tragara.
Qué envidia les tengo, qué asco me dan, qué mal me caen.
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