Somos amantes del dolor, de las desgracias. Provocamos las lágrimas ajenas que nos hacen sonreír. Y sonreímos, como si no fuera con nosotros, como si no sintiésemos pena ni castigo.
Arañamos, mordemos, gritamos, pegamos... Y lo más increíble, es que sin ser conscientes de ello, alcanzamos el límite extremo de empujar, tirar, apuñalar, disparar...
Nuestra actitud es denigrante y no hay un ápice de interés por el cambio. Insultamos y hacemos estremecer a los débiles, a quienes están por debajo; sin ser o querer ser conocedores de que no hay seres superiores ni inferiores. Que la desigualdad la hacemos nosotros al proclamar nuestra sed de venganza.
Y disfrutamos, cual crueles martirizadores, nos sentimos fuertes y vencedores. Y damos asco, mucho asco.
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