Se despertó pronto como cada sábado para limpiar el polvo que se acumulaba entre tanto trasto. Estaba impaciente, dejó un hueco entre los libros de psicología y la televisión para otro trasto que estaba esperando. Se preparó una taza de café, se quitó las zapatillas con forma de vaca tuerta (casualmente a las dos les faltaba un ojo) y se tiró sobre el diván a leer mientras esperaba. Le dio tiempo a una siesta, hasta que sonó el ruidoso timbre. Saltó y corriendo se dirigió a la puerta. Abrió sin mirar ni preguntar, firmó con una sonrisa y aunque no podía permitírselo en aquellos momentos, hasta le dio propina al cartero. Se sentó en el suelo para abrir el paquete, como una niña bajo el árbol de Navidad abriendo sus regalos. Sacó la máquina de escribir y la colocó en el hueco que ya había preparado. Desgarró el plástico que guardaba los folios y los puso en la ranura. Tomó asiento frente a la máquina. Ya podía empezar a escribir para dejar constancia de su vida.

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