Dejó que se consumiera. Ni la adicción por la nicotina y el alquitrán llamada tabaquismo, consiguió en aquellos momentos calmar su dolor. Perdió el apetito, la energía y las ganas de sonreír. Como diría Nietzsche, existía en el tiempo sin existir en el mundo. Ya no era ella. No se paraba a saludar, ni siquiera ayudaba a la anciana del tercero como hacía antes, siempre con una sonrisa. Cómo me gustaría saber qué le había destrozado de tal manera que ni se maquillaba y se vestía como si no hubiese otra cosa que pijamas en su armario.
Si estás leyendo esto, cuéntalo. No lo guardes, no te lo calles. No sigas sufriendo en silencio. Déjame ayudarte, volver a verte feliz. Es mi deseo, y sé que también el tuyo.

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